Nintendo: de fabricar cartas a dominar los videojuegos
Antes de Mario y la Switch, Nintendo vendía barajas de papel en Kioto. Su historia es una clase magistral de reinventarse sin perder el rumbo.
Cuando piensas en Nintendo te vienen a la cabeza Mario, Zelda, el control de la Wii o esa consola híbrida que conecta a la tele y también te llevas en el bolsillo. Pero la empresa que hoy mueve a millones de jugadores nació en 1889, cuando todavía no existían ni la luz eléctrica en la mayoría de los hogares ni mucho menos un televisor. Su primer producto no tenía nada que ver con pantallas: eran cartas de papel pintadas a mano.
Un taller de cartas en Kioto
Nintendo abrió como un pequeño taller en Kioto, Japón, dedicado a fabricar hanafuda: unas barajas tradicionales japonesas con flores y estampas en lugar de números. En esa época los juegos de cartas occidentales estaban mal vistos o directamente prohibidos por su relación con las apuestas, así que las hanafuda llenaban ese hueco. El negocio funcionó tan bien que se mantuvo, prácticamente con el mismo producto, durante más de medio siglo.
Aquí está el primer detalle interesante: durante décadas Nintendo no fue una empresa de tecnología, sino una empresa de entretenimiento de mesa. Esa identidad, la de hacer que la gente se divierta junta, terminó siendo más importante que cualquier producto concreto.
Probar de todo y fracasar mucho
A mediados del siglo XX, ya con nietos del fundador al mando, Nintendo se dio cuenta de que vender cartas tenía techo. Así que empezó a probar de todo para crecer. Y cuando decimos de todo, es de todo.
- Una cadena de hoteles del amor para parejas.
- Una compañía de taxis.
- Arroz instantáneo y comida lista para preparar.
- Una aspiradora y juguetes mecánicos varios.
Casi todos esos experimentos fracasaron. Pero ese período de tropezones le enseñó a la empresa algo valioso: no estaba condenada a vender solo cartas. Podía cambiar de piel. Lo que le faltaba era encontrar en qué dirección valía la pena cambiar.
El salto a los juguetes y luego a las pantallas
La pista llegó con los juguetes. En los años sesenta, un ingeniero joven de la empresa, Gunpei Yokoi, inventó una mano mecánica extensible que se volvió un éxito de ventas. Ese golpe de suerte convenció a Nintendo de que su futuro estaba en hacer juguetes ingeniosos y divertidos, no en imitar a otras industrias.
De los juguetes mecánicos al juego electrónico había un paso, y Nintendo lo dio. Primero con máquinas recreativas, donde un personaje llamado Donkey Kong se volvió famoso, y un plomero bigotón pasó de ser secundario a estrella. Después, en 1985, llegó la consola que cambió todo: la NES, con Super Mario Bros. La industria de los videojuegos venía de una crisis fuerte, y Nintendo prácticamente la revivió.
Diversión por encima de los números
Aquí aparece la filosofía que distingue a Nintendo hasta hoy. Mientras sus competidores presumían procesadores más potentes y gráficos más realistas, Nintendo apostó una y otra vez por la experiencia, no por las especificaciones técnicas. La Wii no era la consola más poderosa de su generación, pero su control de movimiento puso a abuelas y niños a jugar boliche en la sala. La Switch tampoco gana en potencia bruta, pero la idea de jugar en la tele o en el camión, con la misma máquina, conquistó al mundo.
La gente no compra specs; compra ratos buenos. Nintendo entendió eso un siglo antes que casi todos.
Esa terquedad les ha costado críticas y a veces ventas, pero también les ha dado las ideas más originales del sector. Cuando intentaron competir en el terreno de la pura potencia, casi siempre les fue peor que cuando inventaron algo nuevo.
Qué te puedes llevar de todo esto
La historia de Nintendo no es la de una empresa que tuvo suerte una vez. Es la de un negocio que se reinventó varias veces a lo largo de más de un siglo: de cartas a juguetes, de juguetes a máquinas recreativas, de ahí a las consolas. Pero en cada giro mantuvo intacta una sola cosa: la obsesión por hacer que la gente se divierta.
Para tu negocio la lección es clara. Los productos pueden cambiar, el mercado puede empujarte a probar caminos nuevos, e incluso vas a tener fracasos en el camino. Lo que no debería cambiar es la promesa de fondo que le haces a tu cliente. Encuentra eso que haces bien y que la gente valora de verdad, y defiéndelo aunque el resto se transforme. Al final, atender bien y dejar a la gente contenta sigue siendo la mejor estrategia de largo plazo.
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